El Tiempo - 28 de Julio del 2010
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El placer del combate


Además del ánimo prohibicionista que ilumina sórdidamente todo el asunto -ese placer mezquino de prohibir los placeres ajenos-, el problema que está a punto de dirimir la Corte Constitucional sobre el maltrato de los toros bravos en las corridas de toros es un falso problema, basado en dos falacias. La de que a los toros bravos se les maltrata. Y la de que los animales tienen derechos humanos, como si fueran seres humanos.

A los toros no se les maltrata. Al contrario: se les da gusto. Prácticamente todos los animales que tienen trato con el hombre, con excepción -y eso...- de los que le sirven de mascota, reciben de él maltrato: las gallinas ponedoras y las vacas de ordeño, los marranos de matanza, los caballos de carreras, las abejas de colmena, los osos de circo, los tigres de zoológico, las ballenas perseguidas en el mar, los gansos de foiegras. A todos los utiliza y los explota el hombre, y a todos termina por matarlos: fumigados desde una avioneta para que no devoren las cosechas o degollados en un matadero para convertirlos en jamones y embutidos que serán a su vez devorados por el hombre. Los toros de lidia, por el contrario, reciben el más exquisito trato imaginable, y el más adecuado para sus inclinaciones propias, que son dos: el dolce farniente y el juego del combate. Durante sus años de crianza en el campo los toros no hacen nada: pastan, rumian, sestean, miran pasar la sombra de las nubes. A veces se enzarzan entre ellos en tremendos combates, que pueden ser a muerte. Y llegados a los cuatro años de edad son llevados a la plaza a combatir una última vez, y a morir en el placer del combate. Excepcionalmente, si han combatido bien, pueden ser indultados; y regresan entonces al campo, a rumiar, a sestear, a padrear con las vacas.

El placer del combate. Basta con haber visto la alegría agresiva y terca de una vaquita brava en una plaza de tientas, embistiendo una y otra vez el caballote del picador que la detiene con su vara o el capote del torero que la burla con sus vuelos, para entender que le gusta la pelea. Es un juego. Y cuando el juego se termina, la vaquita sale al campo, a buscar que la preñe un toro bravo.

El placer del combate. Pues el toro bravo es -como el hombre- un animal de combate. Y va a morir a la plaza no como va un cerdo al matadero, a que lo maten; sino a morir peleando con un hombre, de igual a igual, casi de hombre a hombre.

Casi, digo. Porque ahí surge la segunda falacia que mencioné, que es la de la antropomorfización del animal. Que puede desembocar o bien en las inofensivas consejas de los fabulistas, que ponen a hablar a los ratones o a los leones; o bien en los delirios demagógicos de los defensores de los animales, que les atribuyen derechos humanos, como si de verdad fueran humanos. Un delirio peligroso que no humaniza al animal, sino que bestializa al hombre.

Estamos en Colombia. Y en Colombia todo desemboca en un recurso jurídico. Por eso está hoy la Corte Constitucional empantanada en un falso problema sobre el placer de prohibir y el placer de ir a los toros.

Por Antonio Caballero
Comentarios
Nota: En una dictadura editorial anti prisma como lo es el periódico El Tiempo, nada de lo que se opina es colocado si no tiene la autorización expresa de sus editores. Eso es especialmente cierto para los columnistas. Por ejemplo en El Tiempo esta permitido que se hable lo peor de Chávez, pero esta prohibido resaltar lo mas mínimo que sea bueno.

La de que a los toros bravos se les maltrata.

Así también el pudiera decir que a los usuarios de un periódico tampoco los maltrata un medio de comunicación.

"la de que los animales tienen derechos humanos, como si fueran seres humanos"

Y dice: La de que los lectores tienen derechos humanos, como si fueran personas de verdad, es solo noticias es solo ideas no es la vida real...

Les da gusto.

Al usuario de un periódico, manipulado y agredido le da mucho gusto odiar. Así como a un toro el morir.

Es bueno utilizar, explotar y matar a la naturaleza.

Así como seguramente es bueno atormentar, causar angustia y sufrimiento en los lectores. La naturaleza es la integridad, si la dañamos nos dañamos a nosotros mismos. Por otra parte, no he visto que a los osos de circo y a los tigres de un zoológico acaben por matarlos... esta tan loco de sangre ese autor que no esta pendiente ni de lo que escribe.

El juego del combate.

El juego de la manipulación y la opresión Intelectualista quizás sea también un simple juego en la cual sus victimas gozan al odiar.

Le gusta la pelea.

Y volvemos a lo mismo, a la victima de los intelectualistas, enfermos de odio, les gusta odiar. El toro aquí es el lector, la victima de los Intelectualistas y ese escritor tiene una gran semejanza con el modo de pensar de los dementes criminales de la conciencia.

El hombre es un animal de combate.

Y los Intelectualistas destinados a aprovecharse de ellos y sacarle provecho a la matanza.

Morir peleando de hombre a hombre.

Por eso es que yo digo que el pastor oscuro siempre guía a sus borregos hacia el matadero.

Delirios demagógicos.

El respeto por la vida y por la paz es llamado un delirio demagógico.

Bestializa al hombre.

El hombre es una bestia que goza en destruirse a si mismo. Típico pensamiento Intelectualista. Respetar a la vida y combatir a aquellos que afectan la paz y la integridad es un acto que bestializa al hombre, sin embargo el decir que el hombre es un animal de combate que gusta de matarse entre si no lo bestializa.

Solo falta la figura de esclavo y es tal cual el pensamiento del Coliseo Romano. Existe una fuerte relación entre el pensamiento del dueño de el coliseo romano y la mentalidad de un demente criminal de conciencia con un medio de comunicación y al colocar la justificación al coliseo romano esta tratando de justificar sus propios crímenes y como cosa rara, menospreciando a la justicia.

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